
EL ESPECTÁCULO Y LA VIDA COTIDIANA: REFLEXIONES SOBRE LOS JUEGOS SURAMERICANOS EN ROSARIO
Fernando ReynosoLa antigua frase “pan y circo” señalaba que el espectáculo debía acompañarse de alimento; hoy parece que hemos encontrado una versión más moderna: mucho circo y el pan, después, se ve.

El sábado, recorrí el Parque Independencia de Rosario y la escena era una postal impresionante: vallas, seguridad, escenarios, luces, gastronomía y familias enteras que se desplazaban por un Fan Fest instalado alrededor de los Juegos Suramericanos. La ciudad, durante esos días, se muestra al país y a la región con grandes eventos y convocatorias multitudinarias, ofreciendo una propuesta gratuita a personas de todas las edades.
Negar el valor de esta actividad sería absurdo; una ciudad con movimiento es preferible a una apagada. Los espectáculos atraen público, generan actividad comercial, crean espacios de encuentro y permiten que muchas familias accedan gratuitamente a propuestas que, de otro modo, probablemente no podrían disfrutar.
Había juegos, espacios para tomarse fotografías con Capi, la mascota de los Juegos, y largas filas de personas esperando comprar su peluche. En distintos sectores también se encontraban puestos institucionales vinculados a programas como Santa Fe Acá, que suele recorrer los barrios acercando trámites y servicios a los vecinos. Todo estaba concentrado durante unas horas: entretenimiento, gastronomía, merchandising, presencia estatal y una organización pensada hasta en los detalles, una vidriera que, en pocas cuadras, muestra todo lo que el Estado puede desplegar cuando concentra sus recursos en un mismo lugar.
El problema se hace evidente cuando se deja de mirar la foto aérea.
A nivel del suelo, la realidad era mucho menos perfecta.
Mientras miles de personas participaban en una celebración promocionada como propuesta familiar, vi un puesto que ofrecía Fernet con Coca‑Cola y vendedores ambulantes que vendían latas de cerveza. También había personas fumando marihuana a pocos metros de familias con niños, en plena zona del Rosé y cerca del monumento a Manuel Belgrano.
No se trata de moralizar sobre las decisiones individuales ni de convertir una observación personal en una cruzada contra nadie; la cuestión es más elemental: qué reglas rigen cuando el propio Estado organiza un acontecimiento de tal magnitud y quién debe garantizar su cumplimiento.
Había policías y controles. También había vallados, accesos organizados y un despliegue de seguridad imposible de ignorar. Precisamente por eso algunas situaciones resultaron más llamativas; la enorme capacidad de organización coexistía, a pocos metros, con escenas que, en cualquier otro momento, seguramente habrían despertado controles, sanciones o, al menos, alguna intervención.
Cuando llegó la hora de regresar a casa, apareció otra Rosario, mucho menos fotogénica y más conocida por quienes la viven todos los días.
Las largas filas esperando colectivos mostraban con claridad el contraste. Tras haber convocado a miles de personas a un mismo punto de la ciudad, el sistema de transporte no respondía con la misma espectacularidad que había funcionado la organización del evento. Familias completas esperaban durante largos períodos, mientras otras personas buscaban alternativas para volver a sus barrios y algunas recurrían a aplicaciones de transporte como Uber.
Es quizá la fotografía que ningún dron puede capturar.
Desde arriba, una multitud es una imagen extraordinaria. Miles de personas concentradas alrededor de un escenario permiten anunciar cifras, celebrar récords de convocatoria y producir imágenes que recorren redes sociales, medios de comunicación y publicaciones oficiales: cincuenta mil, cien mil, doscientas cincuenta mil personas. Los números impresionan y las fotografías también.
Pero cada una de esas personas tiene una vida que continúa cuando termina el espectáculo. Deben regresar a casa, pagar el transporte, hacer las compras, afrontar los servicios, mandar a sus hijos a la escuela y administrar un ingreso que muchas veces alcanza con dificultad hasta fin de mes. La vida real comienza precisamente donde termina la puesta en escena.


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